La montaña mágica

La montaña mágica (1942)

Thomas Mann (1875 – 1955)

En época de pandemia conviene recuperar los grandes textos sobre la fragilidad humana.

Muchos años después de consagrarse con la novela de juventud sobre la saga de comerciantes Los Buddenbrooks (1901), el gran Thomas Mann pública La montaña mágica (1942), redactada entre 1912 y 1923, tras su propia experiencia por la enfermedad de su esposa, tratada en Davos en 1911.

Se trata de la historia del joven Hans Castorp, futuro ingeniero naval, quien primero visita y después es internado en un hospital antituberculoso suizo. Castorp hubo de elegir una profesión burguesa ayudado por un talento notable, ya que no pasión, por las matemáticas.

 Su cerebro[de Castorp], que trabajaba lenta y tranquilamente, se llenaba de geometría analítica, de cálculo diferencial, de mecánica, de estática gráfica, calculaba la deformación con carga y sin ella, la estabilidad de la estructura y el metacentro de la nave.

Mann se une así a la reflexión de sobre la humanidad en la era tecnológica. La lengua alemana nos ha dejado joyas como El hombre sin atributos de Robert Musil u Homo faber de Max Frisch.

Nos centramos en una curiosa reflexión del doctor Krokovski, medico jefe del hospital antituberculoso:

Cuanto más expansiva es esa banda de agonizantes más libertina es. Yo preconizo las matemáticas. Ocuparse de matemáticas, digo, es el mejor remedio contra la concupiscencia. El procurador Paravant, que ha sufrido grandes tentaciones, se lanzó a las matemáticas y ha llegado hasta la cuadratura del círculo, y eso le ha tranquilizado mucho.

Mucho más tarde se describe al personaje Paravant con más detalle:

Sabemos que se consagraba a las matemáticas, nos enteramos por boca del propio consejero, y conocemos el púdico origen de esa manía cuyos efectos calmantes ya hemos oído celebrar.

Se dedicaba a la cuadratura del círculo aunque sabía que la ciencia había demostrado la imposibilidad, pues creía que las pruebas no eran sólidas. Hacía círculos, calculaba decimales de pi, soportaba la vergüenza de la irracionalidad de pi desde Arquímedes.

Por nuestra parte debemos pedir disculpas por el reduccionismo matemático de una obra tan compleja y grandiosa.

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