Autobiografía. La escritura invisible

Koestler 5Autobiografía. La escritura invisible

Arthur Koestler

Alianza/Emecé, Madrid 1974.

Consuelo matemático en una cárcel de Sevilla

 A. Koestler asiste como periodista a la toma de Málaga por las tropas franquistas. La ciudad cae el 8 de febrero de 1937 y es detenido el día siguiente. Trasladado a Sevilla el13 de febrero se dictó sentencia de muerte contra él. Tras noventa y cinco días en prisión es canjeado por un rehén del gobierno republicano. Leemos el escalofriante y casi místico testimonio:

Cuando frente a la pared de aquella calle de Málaga, igualmente inerme e indefenso, volví la cabeza obedeciendo las órdenes del fotógrafo, reviví aquel trauma. Esto, junto con los otros acontecimientos del mismo día y de los tres días siguientes, en los que presencié ejecuciones en masa, por lo visto determino en mí un aflojamiento y un desplazamiento de las capas más profundas de mi psique, un ablandamiento de las resistencias y un reordenamiento de las estructuras que en forma transitoria quedaron abiertas a ese nuevo tipo de experiencias que estaba sufriendo.

Lo experimenté por primera vez un día o dos después de mi traslado a la cárcel de Sevilla. Me hallaba de pie junto a la ventana de la celda número 40 y con un trozo de alambre que había sacado de mi colchón elástico garabateaba fórmulas matemáticas en la pared. La matemática, y particularmente la geometría analítica, había sido la afición favorita de mi juventud, que luego hube de descuidar por muchos años. Trataba de recordar cómo se deducía la fórmula de la hipérbola y encontraba dificultades, luego probé con la fórmula de la elipse y de la parábola y, con gran alegría, logré deducirla. Después intenté recordar la prueba de Euclides de que el número de los números primos es infinito. Números primos son aquellos, como 3, 17, etc., que no son divisibles más que por sí mismos y por la unidad. Uno bien podía imaginar que, conforme avanzamos por la escala numérica, los números primos serían cada vez más raros, en virtud de hallarse cada vez más productos de cantidades menores, y que por último se llegaría a un número, muy elevado, que sería el número primo máximo, el último numéricamente virgen. La prueba de Euclides demuestra sencilla y elegantemente que no es así y que, por más astronómicamente elevada que sea la cifra a la que se llegue, siempre encontraremos números que no son el producto de otros más pequeños, sino que se deben por así decirlo, a una concepción inmaculada. Desde que en la escuela conocí la demostración de Euclides, ésta siempre me llenó de profunda satisfacción, más de orden estético que intelectual. Pues bien, mientras trataba de recordar la demostración y garabateaba los símbolos en la pared, me sentí invadido por el mismo hechizo.

Y entonces, por vez primera, comprendí de pronto el motivo de ese hechizo: los símbolos que escribía sobre la pared representaban uno de los raros casos en que se realiza una declaración significativa y comprensiva acerca de lo infinito por medios precisos y finitos. Lo infinito es una masa mística envuelta en una niebla, y sin embargo me era posible saber algo de lo infinito, sin perderme en ambigüedades engañosas. El significado de esto me inundó como una ola. Esa ola se había originado en una percepción interior verbal articulada que se había, empero, evaporado al punto, dejando en su onda sólo una esencia sin palabras, una fragancia de eternidad, un temblor de la flecha en el azul.

Para leer más:  (2002) En la deportación

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